mindfulness¿Cuántas veces te has sorprendido a ti misma sin hacer nada? Y cuando digo nada, me refiero a NADA (así, en mayúsculas) Pues seguro que acierto con un 90% de probabilidad, que la respuesta será “nunca”. Sí, puede que pienses: “bueno, Ester, el domingo pasado me tiré el día con el pijama puesto y tumbada en el sofá” Y tienes razón, quizá no hiciste nada productivo, o de lo que obtuvieras un resultado provechoso y concreto para alguien. Pero, ¿realmente te entregaste por completo al disfrute de estar contigo y experimentar la no acción? ¿o quizá pese a que tu cuerpo estuviera echado en el sofá tu mente estaba pensando en todo lo que estabas dejando pendiente o la tarea acumulada que tendrías al volver a activarte?

Y permíteme que haga un inciso. Desde que comenzamos a adentrarnos en la vida adulta (posiblemente en un punto cada vez más precoz entre el final de la niñez y comienzo de la pubertad) como personas que vivimos dentro de un sistema con unas determinadas normas, asumimos que somos seres que nos sentimos satisfechos y aceptados cuando somos útiles. Es decir, cuando cumplimos con la expectativa social de trabajar y hacer cosas con un fin. ¿Has observado alguna vez el placer que destilan la mayoría de niños mientras juegan? Para ellos, mucho más conectados aún con lo inmediato, el presente y el placer; es sencillamente feliz balancearse en un columpio sin necesidad de ocuparse de si éste mejorará su psicomotricidad, sus relaciones sociales, su salud o su capacidad de aprendizaje. Curiosamente, pese a que no sean conscientes de ello ni necesiten sopesar el beneficio de su juego, quizá te sorprenda saber que una acción tan instintiva para ellos como jugar, efectivamente está mejorado su motricidad, sus habilidades de relación con otros niños, su autorregulación emocional, su plasticidad neuronal y por tanto de aprendizaje, y como consecuencia también su salud. Curioso, ¿verdad? Pues bien, como decía, conforme crecemos aceptamos que sólo es apto para nosotros lo que nos reporta un beneficio generalmente físico y concreto y además, aceptamos que esto sólo se produce si nos cuesta esfuerzo y por supuesto no nos divertimos haciéndolo. El papel de la sociedad es crucial en este hecho, ya que entre todos asimilamos  asentamos y construimos este mandato socialmente instaurado (y hasta diría que cuidadosamente inoculado a veces) Pero más allá de cuestionar este paradigma, hoy quiero poner énfasis en cómo este planteamiento nos aleja cada vez más del placer intrínseco del hacer y también del no hacer. Lo que los italianos llaman el il dolce far niente.

¿Qué sucede entonces si me decido a romper mi propia inercia por un instante y detenerme en la no acción? Pues que quizá por un rato tenga que estar con mis pensamientos recurrentes e invasivos o mis sensaciones displacenteras. Quizá descubra que mi constante hacer es más una vía de escape, es algo que me alivia el malestar que no quiero percibir (y aquí cada maestrillo tiene su librillo: comer, fumar, mirar compulsivamente el móvil, ver la tele…) Como decimos los psicólogos “lo patológico es la repetición”. Esto es, que no creo que sea desadaptativo hacer algunas de estas cosas de vez en cuándo, pero sabemos que repetirlo habitualmente para desconectarnos de nosotros o de nuestro entorno nos lleva a una grave pérdida de libertad; nos impide elegir qué queremos hacer con lo que pensamos/sentimos por muy displacentero que nos resulte. Además, como ya hablamos en el artículo sobre cómo curar la ansiedad, cuánto más rechazamos hacernos cargo y mirar hacia lo que sentimos, más crece el miedo y más sufrimiento nos provocamos. A la vez, afianzando este mecanismo de desconexión, también desgastamos poco a poco la capacidad de observar la belleza y el placer en lo sencillo, de darnos cuenta de lo positivo que nos sucede y de sentir plenamente. En definitiva, nos hace perder esa capacidad que los sabios dicen es la que más nos acerca a la espiritualidad y seguramente también a la felicidad: la gratitud.