Me encuentro con un montón de amigos y conocidos que tienen muchas dificultades para pasar de la primera cita con una mujer. El asunto toma dimensiones críticas cuando se repite una y otra vez. La edad pesa si te vas por encima de los treinta, la soledad también y un fracaso tras otro acrecienta el miedo vital a quedarse con una mano detrás de la otra. Tengo que decir que a mí me han funcionado las primeras citas (igual ya la cuarta o quinta no, pero ese es otro tema) y me pregunto el porqué.

La primera cita es el gran hito del que depende que puedan haber más. El primer contacto. Y ya decía en un post anterior que, en las relaciones humanas, todo se produce en el contacto con el otro. ¿Cómo no darle vueltas en la cabeza a este momento tan crucial? ¿Cómo no presionarse? ¿Cómo no angustiarse si las experiencias no han sido buenas? Nos pasa a todos. Y es natural venirse abajo y desistir si muchas veces el resultado de las primeras citas son fracasos.

Entonces es fácil optar por la solución rápida, cómoda… pero depresiva, el “echarle la culpa al empedrado”: las mujeres son tal o cual, los guapos lo tienen fácil, y cualquier lista de “es ques” que por muy razonables que sean, son excusas para acomodarnos y no arriesgarnos a otro posible rechazo. Poner en la sociedad, en los demás, en lo de fuera nuestra propia incapacidad nos ahorra mucho sufrimiento. Aparentemente. Además, miremos a nuestro alrededor, los supuestos monstruos feos o poco agraciados de la vida también tienen pareja, llegaron a la segunda cita y a mucho más. Pues cojamos el toro por los cuernos porque el hecho es que alguien se interesó por nosotros como para quedar para una cita pero tras esta el interés se diluyo. A la fuerza tiene que ver con cómo hemos contactado.

¿Cómo nos situamos los hombres ante la primera cita?

En algunos casos con la sensación de que ellas son las que eligen y yo puedo ser o no el elegido. Mucha presión (aparte de que no es verdad). Más allá de que queramos sexo, un “ya veremos” o una pareja estable, está la sensación de que somos camisas en un colgador del Zara y ellas viene y cogen la que quieren.

Es un error de principio. El tener objetivos que van más allá de la propia cita es un error. Y más si esperamos que nuestra cita sea una especie de salvavidas existencial y no nos lo admitimos con honestidad. Miramos a lo que hay detrás de la cita sin haber llegado a encontrarnos siquiera. Una cita tiene ya su valor en sí misma así que intentemos verla como un rato en que estamos con alguien con quien queremos pasarlo bien. Si no lo pasamos bien con esa persona no habrá después en ningún sentido. Una cita es placentera.

Y muy importante, nos situamos en un valor disminuido. No somos camisetas en un colgador compitiendo con otras camisetas por el amor o el gusto de una mujer. En la comparación somos terriblemente injustos con nosotros mismos porque vemos nuestros fallos muy claramente y no tanto los de los otros competidores. Acabamos perdiendo siempre, no hay manera de no equivocarse. Y el juicio sobre el propio error suele ser duro.

Por lo tanto esa idea de elegidoras y elegidos es absurda. Darse valor es decirse, yo estoy aquí para ver si tú me gustas a mí antes de ver si yo te gusto a ti. Eso nos da la presencia personal para mostrarnos como somos sin fingir nada que a medio plazo sería insostenible y nos desmonta estrategias falsas y manipuladoras. Y esa presencia incluye mostrar la inseguridad que, lógicamente, una primera cita nos provoca. ¿Cómo no? Es el momento hito que decíamos antes, es normal estar presionado y sentirse tímido. Es la primera vez de algo y las primeras veces son lo que son. Intimidantes, como tienen que ser. Así que admitámoslo abiertamente.