nino-interior

Hola mi amor,

Te cuento. No es fácil.
El dibujo de lo que soy lo tengo claro. Quizá demasiado y puede que me equivoque. Pero ya sabes que siempre hablo como si no hubiera lugar a la duda. Así que permitemelo.

Hazte a la idea de la escena: por un lado un niño miedoso, que no quiere mostrarse, con sensación de ser abandonado y humillado, y por el otro, un adulto con presencia, imagen, masculinidad, sonrisa, don de gente, con seducción. El niño se agarra a la pierna del adulto y esconde su fragilidad tras esta posición. ¿Puedes verlo?

Este conjunto soy yo. El que camina por la vida yendo de aquí para allá, trabajar, relacionarme y tener una posición en el mundo. Mi vivencia de mí mismo y en el contacto con lo de fuera. La sensación que tengo es que la gente no ve al niño, la fragilidad, que sabe esconderse demasiado bien y que solo ven al adulto más o menos exitoso, fuerte y preparado.

Pero es que el adulto está cansado. Mucho. Tiene ganas de sentarse y relajarse porque es agotador ser una siempre imagen. Agotador. Entonces se atreve y se sienta en el suelo y se pone a la altura del niño y siente miedo ante la presencia de otros, del mundo, que le vean así, ante la posibilidad de que le dañen. Es extraño, el adulto se siente descansando por fin pero al mismo tiempo antinatural en esta postura y esto le crea angustia. La posibilidad de que en realidad vean que ni es tan macho ni tan sonriente le abruma junto con el miedo de que se abran las heridas de alguna forma conocidas. Y tiene el impulso de ponerse en pie, hinchar el pecho y sonreír falsamente de nuevo. Pero le faltan fuerzas.

Y entonces apareces tú. A mi lado. Medio paso por delante de mí, de nosotros. Como tapándonos. Y el impulso de levantarme se trasforma en agarrarme a ti, agarrarnos a ti, el niño y el adulto, el dibujo completo de lo que soy. Que te muestres tú por nosotros, que nos defiendas del mundo porque estoy cansado de ser niño o ser adulto. Ser niño y ser adulto. Sin serlo.

Pero el miedo da otro giro. Me doy cuenta de que ponerme tras de ti es ponerte en bandeja que me hagas daño tú. Y me sale controlarte, aleccionarte y manipularte para que seas la mujer perfecta, el bastión perfecto, la mama perfecta. Y se me disparan todas las alarmas. Busco tu fallo, tu falta, el tiro de gracia que me darás y que no sabré ver venir. Siento que controlarte nace en mi como mi arma y recurso. ¿No tengo otro? ¿Solo se quedarme anclado en el miedo abrazándote muy fuerte?

Sé que no. Me hace bien mirar esta escena como si estuviera fuera. Me miro con bondad. Me hace falta la mirada cariñosa hacia mi mismo. Es el ingrediente que le da forma al todo. Y entonces tengo bastante clara la única alternativa posible. Que no es fácil pero es. Dejar que mi adulto se siente, que se relaje y tenga miedo. Y que lo tenga también el niño interior y que lo sientan juntos. Todo a la vez. Así de mareante y así de contradictorio porque el ser humano es contradictorio. Poder mostrarme sin buscar parapetos en imágenes del tipo duro que no soy o en mujeres perfectas que no existen.
Es la única manera de que tu presencia deje de ser necesaria para convertirse en querida.                                                                     Con todo el amor,                                                                                                                                                                                                                                                      Patxi