crecimiento personalEs una de las frases que con más frecuencia escucho en terapia y que no deja de sorprenderme por más veces que la oiga. Mujeres y hombres de diferentes edades, e incluso algunos niños y adolescentes, pronuncian la lapidaria frase: “si hago caso a lo que necesito es porque soy egoísta” Acto seguido, pido a la persona que se detenga en lo que acaba de decir y que se dé cuenta del significado profundo detrás de ese pensamiento. Eso es lo que voy a tratar de hacer a continuación contigo, que me lees, y que seguramente has sentenciado a muerte a tus necesidades en más de una ocasión con una frase similar a la anterior.

¿Por qué me siento egoísta cuando pienso en mi bienestar?

Pongámonos en situación. Para ello, debemos remontarnos a nuestro origen. Somos el único mamífero que nace prematuramente. Es decir, mientras que el resto de animales comienza a caminar poco después de nacer, el ser humano tarda en hacerlo entre 9-12 meses. Como sabéis, un bebé humano no tiene ninguna autonomía con su cuerpo, al nacer ni siquiera es capaz de sostener su cabeza. Esto se traduce en una total dependencia de sus figuras cuidadoras. Por eso, se considera que en realidad los bebés humanos necesitan 9 meses de gestación en el útero y otros 9 fuera de él. Además, el bebé neonato no tiene conciencia de sí mismo, aún no percibe diferencia entre él y su madre, tal y como sucedía en el útero (concepto psique-soma de Winnicott) Por tanto, el bebé sólo percibe el reflejo que le devuelve de sí mismo su madre. Para facilitar este proceso, también la madre se siente fusionada con el bebé (es lo que se denomina preocupación maternal primaria), y toda su mente está a disposición de entender al niño y eliminar su malestar. El momento en que el bebé comienza a simbolizarse como alguien separado de su madre coincide aproximadamente con los 9 meses extrauterinos y dura hasta los 3 años con el inicio de la socialización. A partir de entonces también el padre tendrá un papel fundamental que explicaré en otro artículo acerca de la función paterna, pero ya os adelanto que durante este primer periodo el padre tendrá la importante labor de acompañar emocionalmente a la mamá, y atender además el resto de tareas cotidianas o a los otros hijos si hay.

Pues bien, teniendo en cuenta todo lo anterior, se puede concluir que pese a que el bebé está fuera del cuerpo de mamá, no es hasta pasados los 9 meses tras el parto que se comienza a producir una separación psíquica y funcional de ésta. Por eso, no resulta extraño comprender que las necesidades básicas que deben ser cubiertas para el sano desarrollo del bebé durante su primer año de vida, son en esencia similares a las que el vientre materno satisfacía con comodidad.

Éstas podrían resumirse como:

  1. Comunicación permanente
  2. Contacto permanente
  3. Alimentación permanente

La mamá “suficientemente buena”, en palabras de Winnicott, se encargará de calmar mediante su presencia física y afectiva las necesidades del bebé. Para ello, además de proporcionarle alimento a demanda y contacto físico el mayor tiempo posible, se encargará de reconocer y nombrar como válidas las emociones que, intuitivamente y en base al vínculo con él, perciba en su hijo. Pasados los primeros 9 meses, se dará progresivamente un proceso de acomodación que ayudará a ambos a separarse y que capacitará al niño para integrar por sí mismo las experiencias afectivas cada vez de forma más segura y dotadas de sentido.

 

Influencia cultural en la crianza y cómo ésta determina nuestra inteligencia emocional.

Ahora que ya conocemos la parte técnica, os invito a reflexionar acerca de la  maternidad tal y como la concebimos en nuestra cultura:

  • ¿Es posible estar presente permanentemente para un bebé en nuestra sociedad?
  • ¿Qué sucede si la figura de maternaje no está disponible para el bebé en este proceso fundamental?
  • Pensemos en ejemplos de mujeres que hayan sido madres en nuestro entorno. ¿Cuántas veces se posponen las necesidades del bebé anteriormente expuestas?

 

Autoestima

La poca conciencia social sobre la importancia de la presencia permanente de la mamá durante el primer año de vidas del bebé, la ausencia de conciliación familiar y laboral, la prisa, la sobrestimulación tecnológica que nos distrae, la falta de pedagogía sobre inteligencia emocional, etc. Todos estos factores socio-culturales, sumados a las dificultades emocionales de las figuras cuidadoras, hacen que pidamos constantemente al niño, (incluso siendo bebé) que espere. A veces, por cansancio, por falta de ayuda y comprensión, por presión social, o sencillamente porque los papás de ese niño/a también fueron puestos en espera por sus padres de pequeños. Las necesidades no cubiertas en nuestra primera infancia sentaron las bases de esa actitud de sentirnos en espera, con aspectos que aunque silenciados en la conciencia acaban actuando de la manera menos oportuna y sana. Por ejemplo, al ser padres y no poder escuchar ni sostener las necesidades del pequeño porque en verdad las mías propias aún no están satisfechas y quizá ni siquiera me doy cuenta. Y es así como se planta la semilla para que nuestro pequeño sienta que atender sus necesidades es algo egoísta, porque primero está el otro.

Nunca es tarde para el cambio.

psicologia-infantilPor suerte, siempre estamos a tiempo de tomar conciencia sobre esos aspectos personales en la sombra. A veces, sucede que decidimos darnos un espacio de escucha como el de la psicoterapia a raíz de la aparición de un síntoma en nosotros mismos, pero también sucede que si hemos omitido las señales de alerta a lo largo de nuestra vida, posiblemente sea nuestro hijo/a quién las reactive de nuevo. Es un acto de amor. Nuestros propios hijos nos señalan hacia dónde mirar para que no sigamos desatendiéndonos. Y es entonces que PODEMOS sanar nuestros aspectos heridos y reparar el  daño para que no se transmita a la siguiente generación.