meditacionLa meditación como viaje: distraernos, darnos cuenta y regresar.

La práctica de la meditación consiste en viajar. Primero escogemos un foco de atención: la respiración, una música, una vela, o cualquier otro elemento. Esta es la primera capacidad humana que desarrollamos con esta práctica: la concentración. La segunda cualidad innata y necesaria (aunque a veces pueda no parecérnoslo en función de que el momento en el que aparezca sea más o menos adecuado) es la de distraerse. Gracias a ella, pronto viajaremos para depositar nuestra atención sobre cualquier pensamiento o sensación inesperada. En este momento, nos habremos alejado de nuestro propósito inicial de quedarnos en ese objeto de meditación. Seguramente esta sea la causa por la que la distracción suele disgustarnos tanto, y es que sucede de forma inconsciente, y por tanto fuera de nuestro control. La seguridad aparente que nos proporciona esa sensación de control, se nos escapa. Nos vemos sometidos, sin escogerlo, a la vulnerabilidad que nos provoca lo inesperado.

Pero tan natural y humana es nuestra capacidad de despistarnos como la tercera capacidad que ejercitamos meditando: el darnos cuenta. Tomamos conciencia de lo que nos está sucediendo. Nos convertimos así en el observador que se ve a sí mismo.  Es el momento en que retomamos el control de nuevo. Nos dejamos ir, para más tarde volver. Retirada y contacto.

 

“[…] la meditación está diseñada para ayudarnos a permanecer abiertos ante la incertidumbre misma. Nos permite familiarizarnos con dar un paso hasta el momento siguiente sin saber qué va a pasar. Nos da el espacio necesario para darnos cuenta de cómo la mente intenta distraernos utilizando situaciones de escape o haciendo cualquier otra cosa para proporcionarnos seguridad y comodidad […] Ante esto, tenemos que escoger entre aceptar la verdadera
naturaleza de la mente o reaccionar en su contra”

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¿Es posible dejar la mente en blanco?

Dicen los grandes maestros de meditación que la clave NO es la NO-distracción (o lo que comúnmente se conoce como “dejar la mente en blanco”) De hecho, no es posible hacerlo (recuerda: es una capacidad natural y necesaria aunque nos incordie a veces) En realidad, la práctica mejor es aquélla en la que vas y vienes muchas veces. Y esto dependerá directamente del nivel de conciencia o “darse cuenta” que tengamos en ese momento. Si funcionamos con el piloto automático, nos perderemos el viaje de vuelta a nuestro propósito de poner atención al momento presente. Desaprovecharemos la virtud humana de aprender a explorarnos como observadores de nuestro propio funcionamiento. La conciencia plena es ejercitable, y ésta nos posibilita el más importante de los caminos: nuestro viaje de “vuelta a casa”. Podríamos decir que de algún modo simbólico, la conciencia sería como las migas de pan del tradicional cuento que nos permiten reconocer el sendero de regreso.

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¿Cómo aplicar la meditación a la vida diaria?

El contenido de lo que piensas mientras te evades, en realidad no importa mucho. Un maestro decía que no importa si mientras practicas meditación piensas que odias a tu pareja o si piensas en cuánto la amas; sólo son pensamientos. Lo que puede realmente sernos de provecho es, en primer lugar darnos cuenta de que nuestra mente ha viajado de propósito, como decíamos antes. Además, si nos apetece profundizar en nuestro funcionamiento autómata, podemos etiquetar el contenido de nuestros pensamientos o sensaciones, con el fin de aquietar la mente. De este modo, le hacemos saber que escuchamos y registramos la señal que ha captado nuestra atención y que nos ocuparemos de ello si es necesario. Pero lo verdaderamente valioso de la práctica de meditación es cultivar la actitud amable con la que tratarnos a nosotros mismos aún cuando nos descubrimos distraídos, rumiando pensamientos recurrentes o incluso vergonzantes.

Cuando acompaño a personas en una sesión de psicoterapia a explorar sus sensaciones y pensamientos a través de la meditación, suele ayudarles a construir una actitud cuidadosa y amable con ellos mismos el imaginar que le hablan a un niño o niña pequeña. Quizá a sus propios hijos. Quizá a su propio niño interior. Se trata de reestablecer el diálogo con nosotros mismos de manera no violenta, evitando lo accesorio del sufrimiento. Ocupándonos en lugar de pre-ocuparnos, conscientes de que esto último es en verdad otra maniobra de distracción de nuestra mente para no sentir realmente. Aceptando que nos despistamos, que alimentamos nuestros pensamientos en muchas ocasiones para mantenernos aferrados a la comodidad de lo controlable, porque somos vulnerables y nos sentimos indefensos con frecuencia. Y eso duele. Y rechazamos el dolor. Nuestro dolor, que a veces es tan grande que necesita ser dosificado en la conciencia, pero que reclama ser atendido en algún momento.

desarollo personal

Volvernos a traer de vuelta con cariño y empatía requiere valor y compromiso con uno mismo, es por eso que se trata de una de las prácticas más reparadoras que conozco. El motivo es que si meditando somos capaces de dirigirnos internamente a nuestro propio yo de una manera más compasiva, seremos también cada vez más capaces de aplicar esta misma comunicación no violenta hacia el exterior, con lo que nos sucede en el día a día. Podremos equivocarnos, y sin duda lo haremos más pronto que tarde. Pero también podremos cogernos entonces de la mano y hacer el viaje de vuelta. Esta vez conscientes de que no hay nada de lo que culparnos, porque hemos escogido ser el adulto responsable que contiene al niño herido, y puede ayudarle a sentirse seguro para reparar aquella situación que requiera de nuestra atención y cariño.