Adicción a los ansioliticos

La adicción a los psicofármacos y a los ansiolíticos en particular, empieza con la negación de uno mismo y del no mirar que hay debajo de ese síntoma , que es la voz de un mal que subyace

Ataque de ansiedad, ¿Qué ocurre?

Llego a casa tarde como a la una o las dos de la mañana. Estoy sin ritmo, debajo de una nube negra, como en un transitar lento y anodino, con ganas de abandonar, lleno de algo que identifico con un miedo indefinido, una angustia que me recorre, una estabilidad soporífera, deprimido mientras finjo sonreír a todas horas.

Mis padres duermen y la casa está a oscuras. Entro en mi habitación en silencio, cierro la puerta y enciendo la luz. Miro la cama, parado, con esa sensación de extrema tristeza, y de pronto un miedo visceral, un pánico terrible, golpea no sé desde dónde y la olla me explota dejando escapar una angustia que lo envuelve todo.

De buenas a primeras todo es un agujero negro, no hay esperanza y hasta el último cimiento de mí, de ser humano, ha reventado y no hay nada. Caigo en un abismo negro, siento un frio de tiritar y a la vez noto que sudo a gotas. Tengo arcadas. En cinco segundos estoy fuera de mí, me pongo y me quito ropa, tiemblo, me echo a llorar, me hago un ovillo en una esquina pero me levanto enseguida porque el corazón me late muy deprisa.

Por la cabeza se me pasan todas las ideas oscuras del mundo.

No puedo parar quieto. Como si por cada poro intentara entrar la locura. Me noto caer y necesito apoyarme en lo que sea y entonces pido socorro como hace mucho que no hago: busco el cariño de mis padres.

Es tarde y duermen pero doy la luz de su habitación diciendo incoherencias. Parece que estoy perdiendo la razón, estoy aterrorizado. Lloro desquiciado.

A pesar de su susto reaccionan con mucho amor.

Visito a un psiquiatra que me prescribe un antidepresivo y el ansiolítico, lozarepam de 5mg.

Vuelvo a la anodina rutina, como si no pasara nada. Gran cagada. Medicado pero avergonzado de decirlo, finjo ser lo de siempre, sonriente y jovial.

Sin ganas pero aparentándolas, unos días después voy de acompañante a una boda. Embutido en un traje y ahogado por una corbata, no conozco a nadie y todo son presentaciones. En el bolsillo derecho del pantalón llevo un pastillero con el ansiolítico (me acuerdo bien, era el derecho) por si noto el subidón de angustia que se desborda. El psiquiatra me ha dicho que así lo haga y yo siempre he sido un chico obediente y además tengo pánico a que vuelva semejante horrible sensación. Y en público. Yo delante de la gente tengo que ser fuerte, sonriente, quedar bien, blablablá,… Mierda.

El salón del banquete es un sitio horrible, rococó, recargado, con cuatro o cinco salas, con cuatro o cinco novias, cuatro o cinco novios y cuatro o cinco mil invitados. En algún momento del banquete empiezo a sentirme muy nervioso y voy al baño a tomarme un cuartito de pastillita de efecto casi inmediato. Me encierro en uno de los cubículos de váter, echo mano al bolsillo, saco el pastillero… y está vacío. ¡Me cago en la puta! Los ansiolíticos se me han olvidado o los he perdido y ¡pum!, la olla explota por segunda vez. Ese instante, ese segundo del estúpido y pequeño olvido, me marca como si me hubieran hecho un corte largo y profundo que deja cicatriz para toda la vida. Es el momento que se crea el germen de la adicción, por la maldita posibilidad constante de quedarme anclado en el miedo al miedo. Aunque yo no lo sepa.

No vuelvo al banquete, salgo a la calle con ganas de vomitar, de llorar, con frio y sudor, angustia… lo mismo de unos días antes con el plus del ridículo, que no es poca cosa. Pero contra esa sensación tan cerca de volverme loco no puedo luchar y quiero huir y encerrarme solo.

Me acompañan a casa.

Al día siguiente vuelvo a mis cosas con normalidad. Soy el tipo de siempre, no cambio un ápice de mis rutinas, no me doy por aludido, dejo pasar el aviso, conmigo no va, no escucho la sirena de alarma.

No me escucho, ni escucho a mí cuerpo, ni a mis emociones.

El germen de la adicción a los ansiolíticos ya empieza a echar raíces.