Veintisiete días de confinamiento .

Sale el sol cada mañana para recordarme que hasta el encierro está lleno de oportunidades y que siempre tengo la capacidad de hacer cosas nuevas. Oportunidades que dan lugar a transformaciones. Transformaciones que la gran rueda se empeña en demostrarnos que se darán queramos o no. La vida ocurre aunque yo me empeñe en lo contrario; aunque toda la maquinaria humana se empeñe en lo contrario; a pesar de todo.

Voy a la compra y me golpea muy claro la sensación de que no quiero que desde ahora los seres humanos no veamos nuestras sonrisas por tener que llevar una mascara todo el tiempo. ¿Qué hemos hecho? ¿Hasta que punto degenerado hemos llegado? Sería un tipo de aislamiento tan oscuro… me pone muy triste pensarlo.

Entonces, ¿es esto consecuencia de nuestras acciones? La falta de conciencia de nuestra debilidad, la ocupación voraz de todos los habitats, el crecimiento constante y absurdo, la creencia inconsciente en nuestra invunerabilidad, nuestro complejo de dios, el actuar como amos de una Tierra que no nos pertenece, al contrario, somos de ella y la Pachamama tiene sus formas de ajustar cuentas por tamaña falta de respeto. ¿Quién es el virus? ¿Es el capitalismo reflejo de la neurosis colectiva? ¿Podemos ser algo distinto de lo que somos? Quiero pensarlo todo con cuidado y ahora debería tener tiempo para ello.

Un amigo me manda un video que ha grabado desde su terraza. El parque de delante de su casa luce un verde radiante. Los arboles se visten de primavera e invitan a un paseo tranquilo. Añoro el verde. Echo de menos los colores de la naturaleza y verlo todo en vivo y no a través de una maldita pantalla. Me imagino a la tía de mi pareja removiendo la tierra bajo sus flores y sus tomateras en su huerto en el medio de ninguna parte de Francia, donde los relojes pierden la mayoría de sus funciones.

Las ganas de llorar a media tarde me alivian la ansiedad que se me acumula a lo largo del día. ¿Por qué me vienen las lágrimas? Me da pena ver a mi hija encerrada, me llenan de tristeza las estadísticas de los ancianos muertos en soledad y me emocionan los enfermos que se curan y salen por su propio pie, me llena los pulmones el aire limpio de la ciudad y la vida me parece más que nunca un tesoro único encontrado por casualidad. Y la mía más aún porque es la mía.

El lobo hambriento que es el genero humano deberíamos sentirlo cada uno de nosotros latiendo y vibrando dentro del alma para poder llegar a cambiar el modo de vida de toda la comunidad. Hay esperanza en toda esa gente solidaria, en todos esos que aplauden, en todos esos que se emocionan y lloran, en la piedad y la compasión hacia nosotros mismos y en poner los límites claros a las aves rapaces que nos acechan desde dentro y desde fuera como si volvieramos a educar al niño interior, al de cada uno de nosotros, al de los otros y al común a todos. Saldrá el sol de nuevo mañana y volveremos a tener la opción de empezar el día con el pié derecho o el izquierdo. En cada uno de nosotros está la decisión.